¿Una locura?

Continuamos recordando el último viaje de la temporada

¿UNA LOCURA? BENDITA LOCURA…

En la Plaza de toros de Fourques cuidan cada detalle

¿Fue una locura cruzar España y Francia para un simple festival? Puede. O puede que no tanto… Ya me conocéis. Pero hay viajes que uno no elige: te salen al paso, te tiran de la chaqueta. Y uno siente ese cosquilleo —intuición, vértigo, llámalo como quieras— que precede a las historias que luego te alegra haber contado. Fourques, ese rincón escondido de la Camarga, parecía estar esperándome.

En la primera parte os conté el previo, el porqué del viaje. Ahora vamos al meollo. Once horas de carretera en el cuerpo y una pregunta dándome vueltas todo el camino: ¿qué tiene un festival perdido en la marisma para justificar semejante paliza? La respuesta llegó antes incluso de ver salir al primero.

La primera parte de esta crónica fue el previo, el impulso. Ahora toca el viaje. Once horas de carretera en el cuerpo y una pregunta dándome vueltas todo el camino: ¿qué tiene un festival perdido en la marisma para justificar semejante paliza? La respuesta apareció en el momento en que pisamos la plaza.

Las Arenas de Fourques, pensada para la corrida camarguesa, habla un lenguaje propio. Burladeros bajísimos, agarres metálicos para que los raseteurs vuelen por encima, un ruedo que no es un escenario sino un territorio. Y se nota. Se nota en cómo se pisa, en cómo se mira, en cómo cada aficionado se coloca buscando el instante justo en que aparece el toro.

La reaparición por un día de Jonathan Veyrunes para conmemorar el vigésimo aniversario de alternativa, puso a todos en situación. Le echaron un Tardieu de los que te lo ponen fácil para estar al hilo, para componer bonito. Para disfrutar. También fue muy bueno el tercero de Esaú Fernández: bravísimo. Por la mañana lo llamaban “el enfermito” porque venía muy delgado. Tela lo que fue luego.

A los franceses El Rafi y Carlos Olsina les faltó fibra. Y el novillero Joachim Cadenas, figura entre los raseteurs, tiene valor para exportar. Imposible fue el que le tocó a Javier Herrero, acostumbrado a bailar con la más fea… pero tan fea… esta tenía hasta bigote.

A medida que caía la tarde, lo que parecía una locura comenzó a tener sentido. Habíamos ido por un festival… y encontramos una revelación.

La Camarga nunca se entrega a la primera. Pero cuando lo hace, te marca para siempre.

TAUROMAQUIA, TRADICIÓN Y FE

La tauromaquia en Francia tiene algo distinto… una conexión casi ritual entre el toro, el pueblo y sus gentes. Y en el penúltimo festival de la temporada en Francia esa magia se notó en cada detalle.

Aquí nadie improvisa: todos participan, todos cuidan, todos empujan para que cada instante salga perfecto. Incluso los toreros.

Pero lo más sorprendente fue cómo comenzó todo. La plaza —pegada a una pequeña iglesia dedicada a Saint Martin de Tours, patrón del pueblo— se convirtió en escenario de un gesto inesperado.

En el vídeo que hoy comparto lo entenderéis mejor: los toreros, a hombros, portando la imagen de Saint Martin de Tours en procesión. No hay impostura. El pueblo entero se vuelca. La afición late en cada esquina y en cada gesto. Allí no se “organiza” un festival: se celebra una liturgia.

Una imagen única, mezcla de tradición, fe y torería… y la tengo grabada para vosotros.

🎥 No os lo perdáis: es de esas escenas que solo ocurren en lugares donde el toreo se vive de verdad.

No sé si fue una locura recorrer media Europa para un festival.
Lo que sí sé es que, al caer la tarde, Fourques dejó de ser un destino y se convirtió en una certeza. La Camarga no se explica: se vive. Y cuando se vive de verdad, ya no hay regreso posible.

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Un abrazo,
Marcos Sanchidrián
Todos a los Toros 🐂