😢 Y el toreo, Rafael, se nos escapó de entre los dedos

Nos dejó Rafael de Paula a los 85 años, legado imborrable y genial

“Soy Rafael de Jerez de la Frontera, donde se comen las papas enteras”

Un punto de inflexión para volver a escribir esta newsletter fue la noche en que murió Rafael de Paula.

Algo me dijo entonces que no podíamos perder el contacto.

Que hacía falta volver a escribir, a compartir, a recordar juntos esos momentos en los que fuimos felices.

Y Rafael forma parte de esos recuerdos.
De ese toreo que aún nos emociona cuando cerramos los ojos.
De esas historias que, aunque se escapen del tiempo, siguen latiendo dentro.

Acompañadme.
Volvemos a encontrarnos.

Y el toreo, Rafael, se nos escapó de entre los dedos

Sus rodillas crujían a cada paso. Aun así, volvía una y otra vez a la cara del toro. Porque cuando se acaban las facultades, empieza el arte.

Cuerpo de junco; muñecas de mimbre. Cintura que se quiebra como se rompe una camisa después de morirse con El Torta.

Jerez. Calle Cantarería. Calle Nueva y Santiago. Santiago y San Miguel. Dos universos que se enlazan por el fino hilo de la bulería. Hoy lloran las campanas de Santiago; responden las de San Miguel, que tañen a muerto.

Una verónica dormida, una media arrebujada. Un derechazo arrebatao y un vámonos que nos vamos. Las palmas, a compás —siempre perfecto—, de tu Jerez te acompañaron hasta el último día.

Qué días. Incluso los de almohadillazos nunca volverán. Porque hasta para negarse a matar un toro hay que tener guasa.

Quejío, duende y pureza. El triunfo de la hondura. La mística belmontiana llevada a la cúspide.

Juan Posada escribió en vida su epitafio: “Torea como los demás sueñan”.

Lo de Rafael de Paula pasó como un suspiro. Como sin darnos cuenta, el toreo se nos pasó de entre los dedos. Sus quejíos, sus clamores y sus espantás. Lloran payos y gitanos. Los creyentes blasfeman y los ateos rezan.

Allá donde fuimos felices no debiéramos volver. Pero qué carajo. Dejadme un ratito más allí: entre mis recuerdos que palidecen por el paso del tiempo, irrefutable.

Yo me quedo allí, Rafael.

En Ronda, en Jerez, en Aranjuez.

Con Corchero de Benavides, y también escoltado entre grises.

Porque, al fin y al cabo, ¿qué será la fe?

La fe es eso: convertir al mismísimo Belcebú solo con la caricia de tu verónica.

Rafael, único, Rafael. Rafael de Paula:

«Yo no he sido nada. Yo, solamente, he sido, mire usted, un ave que he emigrado y he podido llegar al sitio y luego he podido volver. Un ave que ha hecho ese viaje y he vuelto con muchas fatigas y en estado agónico. Yo he tenido el toreo en mis manos en dos ocasiones, y se me ha ido. Por eso no soy nadie. Y eso es imperdonable. Para un profesional es un fracaso».

Un abrazo,
Marcos Sanchidrián
Todos a los Toros  🐂