- 🐂 Todos a los Toros – La newsletter de Marcos Sanchidrián
- Posts
- Álvaro Domecq, un incunable del caballo y el toro bravo
Álvaro Domecq, un incunable del caballo y el toro bravo
Jerez vuelve a teñirse de luto para despedir a Álvaro Domecq Romero
Álvaro Domecq, un incunable del caballo y el toro bravo

Don Álvaro Domecq Romero
Álvaro Domecq Romero fue mucho más que una figura del toreo a caballo: fue una manera de entender Jerez, el caballo y el toro bravo. Un hombre que convirtió su vida entera en una declaración de respeto hacia todo lo que compone el universo del campo.
Rejoneador de raza, Álvaro Domecq transformó la lidia a caballo desde la elegancia, el valor y el temple, con ese don extraño de conectar con el público sin levantar la voz, solo con la armonía entre jinete y caballo. En más de dos mil festejos, dejó estampas que hoy son patrimonio sentimental de la afición. Su estilo —heredero de una estirpe que ha escrito páginas decisivas en la historia del toro— marcó un antes y un después en el rejoneo moderno.
En Los Alburejos fraguó una historia brillante de alquimia ganadera: Torrestrella. Unas gotas de Juan Pedro y otras de Carlos Nuñez para crear uno de los hierros más respetados del campo bravo. Innovación más tradición; selección rigurosa más fidelidad al encaste. Su manera de mirar al toro, de criar en libertad y de mantener intacta la esencia de sus toros fueron unos principios a los que no quiso renunciar. Prefirió defender su ética, a ser exclavo de las modas.
Y si su nombre está para siempre ligado a la tauromaquia, también lo está al caballo español. Fue él quien levantó la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre, hoy referencia mundial de la doma clásica y de la formación de jinetes. Gracias a su intuición y a su empeño, “Cómo bailan los caballos andaluces” dejó de ser un sueño para convertirse en uno de los grandes símbolos culturales de nuestro país.
Un hombre, un legado y una forma de entender la vida: con pasión, con hondura y con verdad.
RECUERDOS…

Inolvidable jornada campera en Montezes con Álvaro Domecq, los matadores de toros Ruiz Miguel y Juan Carlos Landrove, el ganadero Manolo Vázquez Gavira, y un servidor
Corría el mes de mayo de 2021. Aún llevábamos mascarilla y seguían vigentes las restricciones de movilidad. Todavía necesitábamos salvoconducto para viajar, so pena de multa.
Aun así, cruzamos España y Portugal para adentrarnos en el Alentejo. Beja. Baleizão. Montezes. Un paraíso rodeado de olivos en superintensivo, vacas mertolengas y un reducto en pureza de Torrestrellas patanegra.
Hasta allí llevó, hace un par de décadas, Alvarito Domecq, una punta de sesenta vacas de lo mejor del encaste, bajo el histórico nombre de Condessa de Sobral.
En 2015, la familia Vázquez Gavira llegó a Portugal con la intención de continuar el legado de su abuelo, el genial ganadero Salvador Gavira, que les inculcó la afición y el respeto por el toro bravo.
Manuel Vázquez Gavira, apasionado del encaste Torrestrella y admirador del legado de Álvaro Domecq —de quien siempre habla con gratitud— tiene una máxima que repite una y otra vez:
“Somos ganaderos de vacuno extensivo en España y de vacuno bravo en Portugal gracias a la ayuda y confianza de don Álvaro Domecq. Queremos ser fieles al encaste Torrestrella.”
Aquel día se celebró un tentadero con jóvenes de distintas Escuelas Taurinas de Andalucía. Por la Escuela del Campo de Gibraltar acudió el maestro Francisco Ruiz Miguel, que le dio fiesta a una becerra; y por la de La Línea de la Concepción, el entrañable Juan Carlos Landrove.
Pero la verdadera sorpresa llegó cuando apareció Alvarito Domecq, habitual de la casa.
La jornada fue una fiesta. Los chavales intentaban agradecer la generosidad del ganadero haciendo lo que podían. Yo miraba de reojo a mi lado. Impresionaba el perfil faraónico del jerezano, testigo vivo de la gloria y el olvido del encaste Torrestrella.
En silencio se dicen muchas cosas. Manolo y Álvaro se entendían con una mirada. Detrás quedaba una historia de amistad generosa, más allá de lo profesional.
Después llegó la comida. Ruiz Miguel sacó a saludar a Lori, la esposa del ganadero, porque aquellos fideos quitaban el sentío. Y cuando el catavinos se vació, se me acercó don Álvaro para servirme un fino de La Janda, de su propia bodega. Con la mayor humildad, me miró a los ojos y brindamos. Acabábamos de conocernos, pero el vino hace buen maridaje con la amistad.
Luego vino una copa de brandy Veragua, que don Álvaro custodia con sumo mimo. Y la tertulia.
De Los Alburejos al Carrascal.
Que su pasión estaba ahora en la Real Escuela Ecuestre de Jerez.
Que si los toreros de hoy, que si sus torrestrellas…
Hay recuerdos que no se borran.
Salí de Montezes con la sensación de haber tocado un pedazo de historia: dos hombres, un encaste y una amistad que ha resistido el tiempo y las modas. Hay jornadas que se escriben en el cuaderno; esta se escribió en la piel. Y aún hoy, cuando lo recuerdo, me vuelve el valor de los hombres de campo, el aroma del fino y el temple de los torrestrellas.
PD. Si te ha llegado esta newsletter reenviada por un buen aficionado, suscríbete aquí 👉 https://torosalostorosnewsletter.beehiiv.com/subscribe
Y si te ha gustado, reenvíasela a tu grupo taurino: cuadrilla, peña, familia o amigos. Así somos más los que mantenemos viva la llama del toro.
Un abrazo,
Marcos Sanchidrián
Todos a los Toros 🐂